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Agárralo y llévalo al río: cómo el KKK planeó un crimen

July 27, 2021 GMT
Un pescador camina por un muelle en el río St. Johns, con una central eléctrica de carbón al fondo, en  Palatka, Florida, el miércoles 14 de abril de 2021. (AP Foto/David Goldman)
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Un pescador camina por un muelle en el río St. Johns, con una central eléctrica de carbón al fondo, en Palatka, Florida, el miércoles 14 de abril de 2021. (AP Foto/David Goldman)
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Un pescador camina por un muelle en el río St. Johns, con una central eléctrica de carbón al fondo, en Palatka, Florida, el miércoles 14 de abril de 2021. (AP Foto/David Goldman)

PALATKA, Florida (AP) — Joseph Moore respiraba con dificultad, su rostro pegajoso por el sudor de los nervios. Sostenía un teléfono celular con la foto de un hombre tendido en el suelo; parecía muerto, con la camisa desgarrada y los pantalones mojados.

Nubes oscuras bloquearon el sol cuando Moore saludó a otro hombre, quien se estacionó en un sedán azul metálico. Se reunieron detrás de un viejo local de pollo frito en la zona rural del norte de Florida.

“KIGY, mi hermano”, dijo Moore. Eran las siglas en inglés de “klansman, yo te saludo”, en referencia a los miembros del Ku Klux Klan.

Los pájaron que piaban en lo alto de un árbol y el tráfico que zumbaba en un camino cercano se mezclaban con el sonido de sus voces, las cuales eran grabadas en secreto.

Moore le llevó el teléfono a David “Sarge” Moran, quien llevaba una gorra de béisbol con un parche bordado con la bandera Confederada y una cruz de metal. Sus brazos y manos estaban cubiertos de tatuajes.

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Una risa nerviosa y emocionada escapó de la boca de Moran.

“Oh, mierda. Me encanta”, dijo. “El hijo de p… se orinó en sí mismo. Buen trabajo”.

“¿Es eso lo que todos ustedes querían?”.

“Sí, demonios, sí”, dijo Moran con la voz aguda.

Eran las 11:30 a.m. del 19 de marzo de 2015 y los miembros del klan celebraban lo que pensaron era un asesinato exitoso en Florida.

Pero el FBI se había enterado del plan para cometer ese crimen. Un informante se había infiltrado en el grupo y sus grabaciones ofrecen una mirada inusual y detallada del funcionamiento interno de una célula moderna del klan y de una investigación de terrorismo doméstico.

Esa investigación revelaría otro secreto: que un número desconocido de miembros del klan trabajaban al interior del Departamento Correccional de Florida, con un poder significativo sobre los reclusos, blancos y negros.

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Thomas Driver fumó de su cigarrillo y exhaló el humo hacia Warren Williams. Driver, un guardia de prisión blanco, y Williams, un recluso negro, estaban frente a frente.

Era un húmedo día de agosto de 2013, aproximadamente un año y medio antes de que se revelara la foto del asesinato clandestino.

Los dos hombres se encontraban en una zona rural del norte de Florida en un dormitorio sofocante de la prisión estatal Reception and Medical Center (RCM, por sus siglas en inglés), un complejo rodeado con alambre de púas construido entre tierras de cultivo a una hora al sur de la frontera estatal con Georgia. El RCM es la prisión estatal y hospital para hombres donde los reclusos nuevos son procesados.

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Williams, un recluso de 1.85 metros de estatura y 95 kilos de peso, sufría una ansiedad y depresión severas. Los registros muestran que cumplía una condena de un año por golpear a un oficial de policía. William aceptó no apelar los cargos a cambio de una sentencia reducida y una orden para recibir una evaluación y tratamiento de salud mental bajo la supervisión del condado.

Se encontró frente a Driver tras perder su placa de identificación, una infracción en la prisión.

Williams le dijo a Driver que dejara de exhalar el humo hacia él, diría después. Driver lo volvió a hacer y Williams insistió que no lo hiciera.

Cuando Driver continuó haciéndolo, Williams se le echó encima y cayeron al suelo. Mientras luchaban, Williams mordió a Driver y obtuvo una ventaja, según los relatos de ambos hombres sobre la pelea.

Un grupo de guardias respondió y golpeó tanto a Williams que requirió hospitalización, dijeron su madre y su abogado.

Driver, por su parte, necesitó una serie de pruebas de VIH y hepatitis C por precaución debido a la mordedura. Todas fueron negativas, pero la terrible experiencia lo enfureció.

Quería venganza.

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Más de un año después, en diciembre de 2014, una cruz de madera se encendió en un campo escondido por árboles altos.

Docenas de miembros encapuchados del klan se reunieron para un “klónklave”, una reunión de los Caballeros Americanos Tradicionalistas del Ku Klux Klan de Florida. Los miembros de un club de motociclistas eran “naturalizados” como ciudadanos del Imperio Invisible del Klan.

La seguridad era estricta. A los motociclistas les preocupaban los dispositivos de grabación y revisaban a la gente.

Driver, conocido por los otros hombres del klans como “Brother Thomas” (Hermano Thomas), estaba allí con Sarge Moran, quien era también un guardia en una prisión. Moran había trabajado para el Departamento Correccional de Florida por décadas; también había sido miembro del klan durante años. Había sido castigado más de una vez por el Departamento Correccional por incidentes violentos, según los registros obtenidos por The Associated Press. A pesar de eso, Moran fue mantenido en una posición de poder sobre los presos.

Moran y Driver querían discutir un asunto urgente con Joseph Moore, el “Gran Halcón Nocturno” del grupo, a cargo de la seguridad.

Moore era un veterano del ejército de los Estados Unidos. Cuando no usaba su “casco” del klan, con frecuencia llevaba una gorra de béisbol con medallas militares, incluido un Corazón Púrpura. Infundía respeto y miedo a sus hermanos del klan, y a menudo les contaba historias de su trabajo asesinando a objetivos en el extranjero como parte de un escuadrón militar de élite de los Estados Unidos.

Los tres hombres se escondieron para una charla privada e hicieron que otro miembro del klan vigilara cerca para no ser escuchados.

Los guardias le dieron a Moore un papel con una fotografía de Williams, su nombre y otra información. Driver describió la pelea y cómo él y su familia se habían preocupado durante semanas por una prueba de falso positivo para hepatitis C.

“¿Lo quieres a seis pies bajo tierra?”, preguntó Moore.

Driver y Moran se miraron y dijeron que sí.

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La mera existencia de un plan para asesinar a un hombre negro por parte de miembros del Ku Klux Klan que también trabajan en el sistema de procuración de justicia evoca tragedias del pasado como el caso “Mississippi Burning” de 1964, en el que tres trabajadores por los derechos civiles fueron asesinados por miembros del klan. El ayudante de sheriff, Cecil Price Sr, estuvo involucrado en las muertes y fue sentenciado por violar los derechos civiles de los hombres.

Hoy, los investigadores creen que decenas de miles de estadounidenses pertenecen a grupos identificados con el extremismo supremacista blanco, y el klan es sólo uno de ellos. Los esfuerzos de estos grupos para infiltrar las instituciones de procuración de justicia han sido documentados repetidamente en años recientes y calificados como una “epidemia” por expertos en derecho.

El director del FBI, Christopher Wray, dijo en una audiencia del Senado en marzo que “el extremismo violento por motivos raciales”, en su mayoría por supremacistas blancos, representa la mayor y creciente proporción de casos de terrorismo doméstico.

“Ese mismo grupo de personas… ha sido responsable por los ataques más letales durante la última, digamos, década”, agregó Wray.

Durante la insurrección del 6 de enero en el Capitolio de los Estados Unidos, banderas de la “Delgada Línea Azul” ondearon junto a carteles y pancartas de supremacistas blancos, y más de 30 oficiales de policía actuales y anteriores de varios departamentos de esa nación fueron identificados como asistentes.

“Los grupos de supremacistas blancos han participado históricamente en esfuerzos estratégicos para infiltrarse y reclutar a las fuerzas del orden”, señaló un documento del FBI publicado por un comité del Congreso en septiembre, unos cuatro meses antes de los disturbios del Capitolio. En la evaluación de inteligencia escrita en 2006, el FBI dijo que algunos en el cumplimiento de la ley ofrecían de manera voluntaria “recursos profesionales a causas supremacistas blancas con las que simpatizaban”.

Si bien el FBI no confirmó si había realizado una evaluación más reciente de la amenaza en curso, casos recientes han confirmado que el problema que la agencia describió en 2006 continúa.

En noviembre, un oficial de Georgia fue grabado en una intervención telefónica del FBI jactándose de seleccionar a personas negras para arrestos por delitos graves para que no pudieran votar, además de reclutar a colegas para un grupo llamado “Shadow Moses”. En 2017, se descubrió que un jefe de policía interino en Oklahoma tenía vínculos con un grupo neonazi internacional. En 2014, dos oficiales en Fruitland Park, Florida, fueron exhibidos como miembros del klan y obligados a renunciar.

A pesar de los repetidos ejemplos, los supremacistas blancos que son despedidos de puestos en instituciones de procuración de justicia después de ser descubiertos, con frecuencia encuentran empleos en otras agencias. No existe una base de datos que los funcionarios puedan revisar para ver si alguien ha sido identificado como extremista.

En 2020, un oficial en Anniston, Alabama, fue contratado por el departamento de un sheriff del condado sólo unos años después de que el Southern Poverty Law Center publicara un video de él dando un discurso en una reunión de la Liga del Sur, de nacionalistas blancos.

“No hay un rastro que los siga incluso si son despedidos. Eso extiende el problema”, dijo Greg Ehrie, exjefe del escuadrón de terrorismo doméstico del FBI en Nueva York, quien ahora trabaja con la Liga Antidifamación.

Expertos en terrorismo doméstico han pedido una mejor revisión que ayude a identificar a los extremistas antes de que sean contratados. Algunos estados, como California y Minnesota, han intentado aprobar nuevas leyes de revisión que han sido bloqueadas por los sindicatos policiales, que argumentaron con éxito que dichas consultas violan los derechos de libertad de expresión.

Sin control, los supremacistas blancos que ingresan pueden operar con impunidad, enfocándose en negros y otras personas de color, y reclutar a otros que compartan sus puntos de vista.

“A menos que su nombre termine en una intervención telefónica del FBI”, un oficial no será detectado, dijo Fred Burton, un exagente especial Servicio de Seguridad Diplomática de Estados Unidos. “Hay lagunas en el proceso de investigación de antecedentes”.

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Warren Williams salió de prisión unos meses después de su pelea con Driver, el guardia de la prisión. Fue justo antes de Navidad, y llegó a la casa de ladrillo de un piso de su madre en Palatka, un pueblo en el norte de Florida. Estaba ahí sus tres hermanas pequeñas.

La calle terminaba en las vías del tren, más allá de las cuales fluía el río St. Johns. La amplia y rápida vía fluvial atraviesa el pueblo en su camino hacia el mar al noreste, cerca de Jacksonville.

Tras meses en la celda de una prisión, Williams anhelaba volver a pescar en el St. Johns. Estaba ansioso por pasar los días al aire libre en su trabajo de jardinería, y escribir poemas y componer música en su tiempo libre.

Palatka, con una población casi igual de blancos y negros, había sido devastada por la Gran Recesión del 2008. Muchos de sus preciados murales se desvanecían, y en su antiguo centro había más tiendas cerradas que abiertas. Una central eléctrica de carbón junto al río es el principal empleador de Palatka, al igual que una fábrica de papel que llena el aire con un hedor agrio.

Williams luchó contra la ansiedad, y a veces tuvo arrebatos violentos. Su madre llamó a estos episodios su “modo protector”. Pero estaba en casa, donde podría vigilarlo. Se había apegado a los requisitos de libertad condicional y cumplió con las reuniones obligatorias.

Y en el siglo XXI, el klan no estaba en la lista de preocupaciones de Williams. Las imágenes de cruces en llamas y miembros del klan centrados en personas negras para cometer actos de violencia parecían anacrónicos.

Sin embargo, los símbolos del reinado del grupo perduran en Palatka. Cada vez que Williams se reunió con su oficial de libertad condicional pasó frente a la estatua de un soldado confederado frente al juzgado del condado de Putman en el centro de Palatka, la sede del condado. Los desgarbados robles de la plaza de la corte son fascinantes para algunos observadores, pero para otros son un recordatorio doloroso de linchamientos pasados.

Las leyes de la era Jim Crow de segregación racial hicieron de Florida uno de los lugares más peligrosos del Sur para un negro. En esa época, un hombre negro en Florida corría más riesgo de ser linchado —una ejecución sin proceso, a menudo con pistola o ahorcamiento— que en cualquier otro estado, según un estudio de la Universidad de Georgia sobre los registros de linchamiento.

En 1925, el KKK controlaba el condado de Putnam. Un miembro del klan llamado R.J. Hancock fue elegido como sheriff y ayudó a desatar un reinado de terror en el que turbas de linchamiento dominaron la vida civil. Para detenerlos, el gobernador de Florida amenazó con declarar la ley marcial en 1926.

Pero el klan y otros de su calaña han perdurado. Actualmente es solo un grupo en un movimiento moderno y descentralizado de supremacía blanca.

“Es sorprendente que incluso tengamos una conversación sobre que algo que fue prevalente en la década de 1920 ocurra cien años después”, dijo Terrill Hill, el abogado de Williams y alcalde de Palatka. “Es frustrante. Enfurece”.

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Era un día frío y nublado de enero cuando Joseph Moore, el “Gran Halcón Nocturno” del klan, llegó a una pequeña casa escondida entre árboles altos. El aire olía a pino.

Era la casa de Charles Newcomb, un exguardia de prisión con rostro de piedra que fumaba un cigarrillo tras otro y era el “Cíclope Exaltado”, el jefe local del klan. Newcomb había dejado su trabajo en la prisión, pero permanecía cercano a “Sarge” Moran. Quería discutir el “problema del Hermano Thomas” con Moore.

“Lo veo de esta manera, hermano. Este fue un intento… directo de asesinato contra él”, dijo Newcomb, refiriéndose a la mordedura de Williams hacia Driver. “No me importa cómo lo veas tú”.

“Sólo tenemos que hacer lo nuestro y que caiga donde caiga”, dijo Newcomb. “Porque él es una basura de todos modos”.

Debido a los antecedentes declarados de Moore como asesino de élite del gobierno, Newcomb confió en él para ejecutar el plan.

“Me gustaría ver las cosas hechas de una manera profesional”, dijo Moore, con el tono de un asesino experimentado. “Hay habilidades y técnicas y cosas que sobreviven al paso del tiempo. Si entierras a alguien en, digamos, un campo abierto o lo que sea… va a ser desenterrado”.

“Pero si entierras a alguien en un cementerio encima de alguien que ya fue enterrado, (la tumba) nunca será destapada para hacer un tanque séptico”.

Ambos acordaron que deberían realizar un viaje a Palatka para investigar el vecindario de Williams.

“Una noche lo encontramos allí afuera y puedo caminar directamente hasta él, terminar con sus penas”, dijo Newcomb.

Newcomb quería asegurarse de que Driver tuviera una coartada.

“Lo que necesitamos es que el Hermano Thomas (Driver) esté en su trabajo”, dijo Newcomb. “Y cuando lo hagamos, cuando Thomas esté trabajando, (él) tenga una coartada”.

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Joseph Moore era esposo y padre, veterano de guerra y miembro del klan. También recibía dinero como informante del FBI.

Es un trabajo potencialmente mortal. Si sus hermanos del klan lo descubrían, Moore no tenía duda de cómo terminaría.

La relación también implicaba un riesgo considerable para el FBI. Moore había sufrido un colapso mental y había sido hospitalizado tras una baja honorable del ejército de los Estados Unidos en 2002, donde fue entrenado como francotirador.

Había entrado a un hospital en Nueva Jersey, borracho, vestido con un chaleco táctico. Sus bolsillos estaban llenos con varios miles de dólares en efectivo. Llevaba un boleto de avión a Jordania, y dijo a la policía que planeaba luchar con los peshmerga (combatientes) en la región kurda de Irak. Pasaría cuatro meses bajo observación médica.

El FBI y la Oficina de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos, o ATF, han confiado desde hace mucho en informantes para investigar a los grupos de extremistas domésticos, con resultados mixtos. En ocasiones, los investigadores federales han sido engañados y manipulados por los informantes. Y el esfuerzo es costoso. Los informantes con frecuencia trabajan en secreto durante años, y si son descubiertos, son puestos bajo custodia protectora.

En 2008, Moore apareció en la oficina del FBI en Gainesville porque quería que investigaran a la oficina del sheriff local. Su cuñado había sido arrestado por un cargo relacionado con drogas y Moore pensaba que un oficial corrupto había plantado las drogas. Un agente del FBI se reunió con Moore, y eventualmente lo reclutó para unirse a la investigación de un miembro de un grupo diferente del klan en Florida sospechoso de planear un asesinato.

Durante esa investigación, la esposa de Moore comenzó a sospechar sobre sus actividades. Exigió respuestas. Eventualmente, le contó —y a la familia de ella— sobre su trabajo con el FBI. Era una violación básica de las reglas y el FBI lo despidió.

Unos años después el teléfono celular de Moore se iluminó con un número desconocido. La voz, sin embargo, era familiar. Era un agente que lo había conocido durante su trabajo previo con el FBI, y le pidió reunirse para una nueva investigación de otra célula violenta del klan. Debido al éxito de Moore para infiltrarse en el klan previamente, la agencia lo reclutó de nuevo.

El FBI le compró una computadora y un teléfono para que pudiera hacer contacto en línea con el nuevo grupo del klan. En pocas semanas, Moore había agendado una reunión con el “Gran Dragón” y segundo al mando, en el estacionamiento de una tienda Dollar General en Bronson, Florida.

Los miembros del klan revisaron la licencia de conducir de Moore y lo pusieron a prueba en un intercambio de jerga del klan.

Moore dijo que había matado a personas antes, incluido a alguien en China en 2005. Mentía. Nunca había visto un campo de batalla y las medallas que portaba eran falsas.

Pero los líderes estaban impresionados. Invitaron a Moore a ser “naturalizado”. Llenó una solicitud, pagó una tarifa de entrada de 20 dólares junto con la cuota anual de 35 dólares.

También firmó un “juramento de sangre”, parte del cual decía: “Juro… ser klanés en todas las cosas, aceptar la vida de la Hermandad de Servicio, regenerar a nuestro país y la raza blanca, y mantener la raza blanca y superioridad natural con la que Dios la ha dotado”.

El “Gran Dragón” le dijo que una violación a su juramento de sangre se castigaba con la muerte.

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El 30 de enero de 2015, menos de dos años después de que Moore firmara su juramento del klan, el plan para cometer el asesinato estaba en marcha.

Los neumáticos de Moore rechinaron en el camino de entrada de Newcomb cuando detuvo su SUV más allá de un letrero desgastado en un poste de la cerca. Mostraba el cañón de una pistola que apuntaba a posibles intrusos. ADVERTENCIA: No hay nada aquí por lo que valga la pena morir.

Moore encontró a Newcomb emocionado por la nueva idea que había tenido sobre cómo asesinar a Williams.

“Tengo aquí varias botellas de insulina si quieres hacerlo de esa manera”, dijo Newcomb.

“¿Lo hacemos rápidamente y nos largamos como bólidos? ¿O queremos agarrarlo, llevarlo a algún lugar e inyectarle la insulina?”, preguntó Newcomb.

Moore ocultó su sorpresa. Había pensado que solo harían un reconocimiento del lugar, y ahora Newcomb planeaba atacar.

“Sería más silencioso”, dijo Newcomb, “si podemos agarrarlo, meter su trasero en el auto e irnos con él a algún lugar. Y simplemente inyectaremos un montón de insulina en su trasero feliz y dejaremos que empiece a sacudirse”.

Una sobredosis de insulina es una muerte atroz marcada por temblores incontrolables. Para un médico forense, es difícil detectarla. El nivel de azúcar de un cuerpo muerto disminuye de manera natural, diabético o no. Y los pinchazos de las agujas de la jeringa son tan pequeños que, a menos que los busque específicamente, resultan casi indetectables.

“Tengo dos jeringas llenas y listas, y tengo otras dos botellas con nosotros”, dijo Newcomb.

“¿Son los medicamentos de tu esposa?”, preguntó Moore.

Newcomb dijo que lo eran, pero que ella tenía bastantes más.

Entró en su cochera y regresó con una caña de pescar para niños decorada con imágenes de “Dora la Exploradora”, el personaje de dibujos animados.

“Si vamos a agarrarlo y llevarlo hacia el río, necesitará una caña de pescar como si hubiera estado pescando, ¿cierto?”, Newcomb preguntó retóricamente. “Quiero que parezca realista”.

Miraban la caña de pescar cuando “Sarge” Moran entró al camino de entrada. Se disculpó por llegar tarde.

“Sarge. Traje algo de insulina. Yo y el Hermano Joe (Moore) estábamos hablando, y si podemos agarrar su trasero”, dijo Newcomb antes de que Moran lo interrumpiera.

“¿Vamos a agarrarlo ahora?”.

“Me refiero a que vamos a ir a mirar algunas cosas en este momento y ver si se presenta la oportunidad”, dijo Newcomb.

“Estoy siguiendo las órdenes de ustedes. Cualesquiera que sean las órdenes dadas”, respondió Moran con entusiasmo. “Estoy aquí para servir. Estoy a la voluntad y placer de (ustedes)”.

Los tres miembros del klan se metieron en la SUV de Moore, se incorporaron a una carretera de dos carriles y condujeron bajo las ramas de árboles cubiertos por musgo español.

Tenían las jeringas en una hielera, la caña de pescar de Dora la Exploradora y la pistola de Newcomb, que puso entre sus piernas.

Dejaron de hablar mientras pasaban por caminos de terracería que conducían a la densa maleza de Florida.

Entonces sonó el teléfono celular de Newcomb. La voz de su hija pequeña estaba al otro lado de la línea.

“Ustedes no tienen que molestarme hoy a menos que sea muy, muy importante. ¿Ok?”, gruñó. “Esta bien. Te quiero. Adiós”.

Sin perder el ritmo, Newcomb regresó a sus planes. Mantuvo una pistola entre sus piernas mientras habló.

“Lo que estaba pensando, sin embargo, es si pudiéramos agarrar ese paquete y llevarlo al río, que no está tan lejos de él”, dijo Newcomb. “Poner su trasero boca abajo y ponerle un par de inyecciones, porque tengo dos completamente llenas y están listas para ello.

“Si coloco la caña de pescar como si hubiera estado pescando, y le ponemos un par de inyecciones y nos sentamos allí y esperamos, podemos ponerlo como si estuviera cayendo al agua y hubiera inhalado solo un poco”.

Moran tenía otros problemas logísticos en mente. ¿Qué harían con el cuerpo?

“Si vamos a eliminarlo por completo. Si vamos a destazar el cuerpo”, dijo, antes de ser interrumpido.

Newcomb dijo que tenían muchas opciones.

“Quiero decir que, si tenemos que hacer bang bang, lo haremos”, dijo refiriéndose a dispararle a Williams.

Independientemente de lo que decidieran, dijo Moran, necesitaban protegerse a sí mismos. Habían llevado protectores faciales y abrigos para cubrir su piel en caso de que las cosas se complicaran.

Después de su iniciación en el klan, el FBI había autorizado que Moore comenzara a grabar a los dos líderes principales del grupo. Inicialmente, no sabían que los miembros del klan incluían a miembros en activo de instituciones de procuración de justicia.

No obstante, después de que los miembros del klan incluyeran a Moore en el complot de asesinato, el FBI amplió el alcance de las personas a quienes podía grabar. El FBI había equipado la SUV de Moore con dispositivos de grabación que transmitían en vivo a los agentes mientras conducían hacia Palatka.

Además, el FBI había tomado un número de medidas para mantener a Williams a salvo. Lo retuvieron en una casa segura. Pusieron patrullas en su vecindario para que cuando los miembros del klan llegaran, los agentes del FBI, la Patrulla de Carreteras de Florida y la policía de Palatka fueran claramente visibles.

Cuando los klansmen arribaron al vecindario de Williams, el ver las patrullas policiales los puso nerviosos. “No podemos dar muchas rondas con él sentado allí”, dijo Newcomb mirando un vehículo policíaco.

Moore trató de actuar con calma mientras daba la vuelta para regresar a la casa de Newcomb.

“Odio que no hayamos podido cumplir nuestro objetivo hoy”, dijo Newcomb.

“Atraparemos a ese pez”, lo tranquilizó Moran.

Más tarde, Moore llamó a su contacto del FBI y describió sin aliento lo que había grabado. “Ya había llenado un par de jeringas de insulina y estaba listo para agarrarlo”, dijo jadeante. “Está todo en la grabación”.

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Williams yacía en el piso de la casa de su madre y fingía estar muerto. El día anterior había recibido una llamada extraña de su oficial de libertad condicional en la que le pidió acudir a la oficina al día siguiente.

Williams estaba confundido. Se había reunido con el oficial ese mismo día, y no había tenido ningún problema en las horas posteriores.

Le contó a su madre sobre la llamada y ella le dijo que fuera.

“Si no hiciste nada malo, simplemente ve allí y habla con él”, dijo ella.

Cuando llegó a la misteriosa reunión, había rostros desconocidos en la habitación. Eran investigadores federales de terrorismo doméstico.

Le dijeron que su vida estaba en peligro. Tendría que estar bajo custodia para protegerlo.

Pero primero, querían ir a su casa y tomar una fotografía.

En el camino, Williams vio a su madre, Latonya Crowley, en un auto en un semáforo cuando salía del pueblo para un fin de semana fuera. Los agentes le hicieron señas y ella dio la vuelta y siguió su camioneta azul oscuro de regreso a su casa.

Dentro, los agentes vertieron agua en los pantalones de Williams. Habían desgarrado su camisa para que pareciera que le habían disparado.

Cuando terminaron, el FBI llevó a Williams a una casa segura. Ni siquiera su madre sabía dónde estaba. Sólo hablarían por teléfono hasta que los hombres que querían matar a Williams estuvieran bajo custodia.

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Unas cuantas semanas después, Moore esperó a Driver fuera de un Starbucks en el estacionamiento de una plaza comercial.

Ya había mostrado a Moran la fotografía del asesinato escenificado con Williams en el piso y videograbado su alegre reacción. El día anterior, había hecho lo mismo con Newcomb, quien dijo a Moore “buen trabajo” y lo abrazó.

Driver era su última asignación. En su última conversación sobre Williams, Driver había dicho que pisotearía la “laringe cerrada” de Williams si tenía la oportunidad. Moore había dicho que él o alguien más a quien contrataría terminarían con el trabajo.

Se saludaron y Moore dijo a Driver que se sentara en su auto.

“Recordamos lo emotivo que esto fue para ti y quisimos… pensamos que querrías darlo por terminado”.

Moore le pasó a Driver el teléfono con la foto del cuerpo supuestamente sin vida de Williams.

“Haznos saber qué piensas”, dijo Moore.

“Eso funciona”, dijo Driver bruscamente.

“¿Eso es lo que querías?”.

“Oh, sí”, dijo Driver, y se relajó hasta reír.

Sarge Moran estaba en casa cuando un colega de la prisión llamó. ¿Podía ir en su día libre para que le tomaran medidas para uniformes nuevos? Las autoridades lo arrestaron cuando llegó y lo mantuvieron en la prisión en la que había pasado décadas como custodio.

Driver y Newcomb fueron arrestados en sus casas.

En agosto de 2017, Newcomb y Moran fueron juzgados en la Corte del Condado de Columbia, en Lake City. Joseph Moore fue el testigo estrella del estado y testificó contra los hombres cuya amistad se había ganado durante años. El gobierno protegió a la familia de Moore por un tiempo; su paradero actual es desconocido.

Al final, un jurado condenó a Moran y Newcomb por conspiración para cometer asesinato. Cada uno fue sentenciado a 12 años. Driver recibió cuatro años tras declararse culpable y será liberado este año.

Debido a las amenazas en las cárceles de Florida, Driver fue trasladado en secreto a otro estado para cumplir su condena, según una fuente con conocimiento del caso. Aunque todos están en prisión, ni Newcomb ni Moran aparecen en el sistema de localización de reclusos y no pudieron ser localizados para hacer comentarios.

A pesar de que tres guardias de prisión actuales y anteriores fueron exhibidos como miembros del klan, el Departamento Correccional dijo que no encontró ninguna razón para investigar si otros supremacistas blancos estaban empleados en sus cárceles.

No hubo otras “pistas de investigación”, dijo en un comunicado a la AP Michelle Glady, directora de relaciones públicas del departamento. “Sin embargo, cualquier acusación de un miembro del personal que pertenezca a un grupo como los mencionados sería investigada de manera individual”.

En una visita reciente a la prisión donde trabajaban los tres miembros del klan, numerosos automóviles y camiones en los estacionamientos de empleados y voluntarios estaban decorados con símbolos asociados con la supremacía blanca: banderas confederadas, símbolos QAnon y calcomanías de banderas con la Delgada Línea Azul.

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Williams y su familia viven hoy con incertidumbre y paranoia.

“¿Mis temores? Que tal vez algunos de los otros miembros del klan puedan venir, tratar de encontrarnos y hacernos daño”, dijo su madre, Latonya Crowley a la AP en su primera entrevista sobre la terrible experiencia.

En retrospectiva, Crowley recuerda sucesos extraños cerca de la casa antes de que el FBI se involucrara.

En un caso, un vecino dijo que vio a dos hombres blancos que parecían policías en el patio de Crowley al amanecer. “Ningún policía vino a mi casa”, Crowley recordó haber contestado ante la noticia sin darle importancia.

Una bolsa de su basura llena de sus contenedores vacíos de insulina —es diabética— también desapareció. ¿Es por eso que Newcomb pensó en usar insulina?, se pregunta.

Pero Williams y Crowley también están agradecidos. El FBI salvó su vida y el estado de Florida enjuició a los hombres que lo amenazaron.

Williams ha presentado una demanda judicial contra los miembros del klan y el Departamento Correccional de la Florida.

Terrill Hill, el abogado de Williams, se siente frustrado porque Florida no ha investigado más a fondo para ver si hay más supremacistas blancos que trabajen para las prisiones estatales, y quiere que asuma la responsabilidad. Florida, por su parte, ha buscado que se desestime el caso y rechazó comentar sobre el caso.

Williams está afligido por la liberación inminente de Driver, y el espectro de otros miembros del klan le ha hecho imposible seguir adelante.

“En el estado mental en el que se encuentra hoy. No lo veo mejorando”, dijo Crowley.

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Erick Tucker, en Washington, y Randy Herschaft, en Nueva York, contribuyeron con este reportaje.

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Siga a Jason Dearen en Twitter: http://www.twitter.com/@JHDearen