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Atlas de la pandemia: en Brasil unos se burlan, otros mueren

December 16, 2020 GMT
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Trabajadores enfundados en equipo protector entierran a tres víctimas del nuevo coronavirus en el cementerio Vila Formosa en Sao Paulo, Brasil, el miércoles 15 de junio de 2020. El presidente brasileño Jair Bolsonaro criticó las cuarentenas por el virus y dijo que el confinamiento arruinaría la economía y castigaría a los pobres. Se burló de la “pequeña gripa”, y luego pregonó la afirmación fatalista de que nada podría evitar que el 70% de los brasileños enfermaran. Y se rehusó a asumir la responsabilidad cuando muchos otros sí lo hicieron. (AP Foto/Andre Penner)
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Trabajadores enfundados en equipo protector entierran a tres víctimas del nuevo coronavirus en el cementerio Vila Formosa en Sao Paulo, Brasil, el miércoles 15 de junio de 2020. El presidente brasileño Jair Bolsonaro criticó las cuarentenas por el virus y dijo que el confinamiento arruinaría la economía y castigaría a los pobres. Se burló de la “pequeña gripa”, y luego pregonó la afirmación fatalista de que nada podría evitar que el 70% de los brasileños enfermaran. Y se rehusó a asumir la responsabilidad cuando muchos otros sí lo hicieron. (AP Foto/Andre Penner)

RIO DE JANEIRO (AP) — La historia del COVID-19 en Brasil es también la de un presidente que insiste que la pandemia no es gran cosa.

Jair Bolsonaro criticó las cuarentenas por el nuevo coronavirus y dijo que el confinamiento arruinaría la economía y castigaría a los pobres. Se burló de la “pequeña gripa”, y luego pregonó la afirmación fatalista de que nada podría evitar que el 70% de los brasileños enfermaran. Y se rehusó a asumir la responsabilidad cuando muchos otros sí lo hicieron.

Cuando se le preguntó en abril acerca de que la cifra de muertes en Brasil superaba a la de China, respondió: “¿Y qué? Lo lamento. ¿Qué quiere que haga?”.

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Esas palabras cristalizaron la forma en que muchos vieron la respuesta de Brasil a la pandemia. Para Márcio Antônio Silva, un residente de Río de Janeiro quien recientemente perdió a su hijo de 25 años, fueron como un golpe en el estómago.

“Lo puse en el ataúd, lo cerré y dije: ‘Mi hijo, ellos te van a cuidar’. Y dos días después escucho: ‘¿Y qué?’”, dijo Silva. “Me dolió mucho. Eso es quizá lo que más duele hoy”.

Las principales acciones de Bolsonaro fueron pragmáticas y económicas, aunque demoradas y parcialmente instigadas por el Congreso. Promulgó medidas para evitar peores despidos y repartió pagos de emergencia por el nuevo coronavirus. De los más generosos del mundo en desarrollo, llevaron la pobreza extrema a su nivel más bajo en décadas e incrementaron su popularidad.

Bolsonaro podría haber inspirado a la gente a refugiarse también, pero en lugar de ello los motivó a desobedecer las restricciones locales —restricciones que él mismo socavó al salir y atraer multitudes. Y presionó con éxito para que los partidos de fútbol se reanudaran justo cuando la pandemia alcanzaba su pico.

La negación fue generalizada en la ciudad amazónica de Manaus, incluso cuando su cementerio cavaba fosas comunes y los pacientes subían a avionetas para ir a los hospitales. En las torres de Sao Paulo y a lo largo de las playas de Río, quienes desafiaban la cuarentena hicieron eco del rechazo de la enfermedad por parte de Bolsonaro.

En Copacabana, alguien derribó las cruces que simbolizaban a los caídos. Silva, el padre de luto, volvió a llevarlas a la arena mientras suplicaba por respeto.

El presidente despidió a un ministro de salud por apoyar las medidas que obstaculizaban la actividad económica. Otro renunció porque Bolsonaro promovió la cloroquina —un medicamento relacionado estrechamente con el medicamento contra la malaria defendido por Donald Trump, el presidente de los Estados Unidos, y que el mismo Bolsonaro tomó cuando contrajo COVID-19. Su tercer ministro de Salud fue un general del ejército sin experiencia sanitaria previa a la pandemia.

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El Ministerio de Salud señaló en un comunicado que ha distribuido pruebas para más de 10 millones de personas. Eso no es ni cercanamente suficiente, dijo Pedro Hallal, un epidemiólogo que coordina el programa de pruebas de la Universidad Federal de Peolotas, por mucho el más completo de Brasil. Además, consideró que el gobierno de Brasil no ha evaluado las pruebas y el país probablemente tenga unos 40 millones de infectados — cinco veces la cifra oficial.

Lo peor es que no hay rastreo de contactos. Hallal dijo que lo sabe por experiencia: nadie se acercó a miembros de su familia cuando sus padres dieron positivo.

La curva viral de Brasil se parece a muy pocas: en lugar de una cima, muestra una meseta de tres meses de alrededor de 1.000 muertes diarias.

A mediados de diciembre, el país había reportado 85,3 casos por cada 100.000 habitantes.

Debido a la bonanza de efectivo del gobierno por el COVID-19, el Fondo Monetario Internacional anticipa una contracción del 5.8% para Brasil —la mejor perspectiva para el 2020 de las seis principales economías de Latinoamérica. Y el aumento del desempleo ha sido limitado, hasta un 15%.

Sin embargo, las bajas solicitudes de desempleados nuevos ocultan a menos personas en busca de trabajo, dijo Andre Perfeito, economista en jefe en Necton Investimentos. Eso cambiará a medida que el gasto durante la pandemia disminuya y la fuerza laboral aumente, lo que revelará el desempleao “real”, que ya se acerca al 25%. También se anticipan despidos.

Las infecciones han aumentado después de que los líderes locales suavizaron las restricciones y creció la fatiga entre la gente, y están llegando al pico que hubo en julio. Hallal, el epidemiólogo, anticipa que las infecciones aumentarán, aunque con menos muertes.

El libro de jugadas del presidente ha cambiado poco. Bolsonaro mantiene que no hay tiempo para lamentarse y que la economía de Brasil debe comenzar a activarse.

“Todos vamos a morir un día. Todos aquí morirán”, dijo a principios de noviembre, al anunciar medidas para reactivar el turismo. “No sirve de nada evitar la realidad. Tenemos que dejar de ser un país de maricas”.