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Hungría, trampolín para la UE; pero llegar allí no es fácil

April 22, 2015 GMT
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Sandrine Koffi, de 31 años, con su hija Kendra, de diez meses, en brazos, fotografiada en una parada de autobuses en Debrecen, Hungría, el 6 de abril del 2015. Madre e hija se acababan de reencontrar tras ser separadas mientras trataban de eludir a la policía cuando cruzaban Macedonia a pie. Hungria es hoy una de las escalas más populares entre la gente que trata de ingresar por medios irregulares a la Unión Europea. (AP Photo/Dalton Bennett)
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Sandrine Koffi, de 31 años, con su hija Kendra, de diez meses, en brazos, fotografiada en una parada de autobuses en Debrecen, Hungría, el 6 de abril del 2015. Madre e hija se acababan de reencontrar tras ser separadas mientras trataban de eludir a la policía cuando cruzaban Macedonia a pie. Hungria es hoy una de las escalas más populares entre la gente que trata de ingresar por medios irregulares a la Unión Europea. (AP Photo/Dalton Bennett)

BUDAPEST, Hungría (AP) — Cuando Jean-Paul Apetey piensa en lo que debió soportar, le cuesta creer que ha llegado a Europa.

Este marfileño de 34 años comandó una embarcación repleta de emigrantes durante un recorrido de Turquía a Grecia; perdió su mochila tratando de eludir a la policía en Macedonia; se escapó de traficantes de Bangladesh; enfrentó a ladrones armados con puñales en Serbia y pudo completar su travesía gracias a un acto de generosidad de una turista francesa deslumbrada con su cabello estilo rasta.

Ahora se encuentra en Hungría, un puerto de acceso cada vez más popular entre la gente que trata de ingresar a la Unión Europea. Para llegar aquí hay que sobrellevar a menudo grandes peligros, aunque no tan mortales como las travesías marinas que tan solo en este mes han producido más de 1.000 muertos.

Ni tan grandes como la ruta de los Balcanes, que generalmente termina con la deportación de los migrantes. Las personas como Apetey que llegan hasta aquí generalmente logran cumplir su cometido de ingresar a la UE porque Hungría no hace mucho por frenar a los migrantes que van al oeste. La mayoría están en Francia o Alemania en una semana.

″¡Estoy en Europa!”, gritó Apetey emocionado. “Puedo empezar a ser un ser humano de nuevo”.

La travesía de un grupo de africanos occidentales que fueron acompañados durante dos meses por periodistas de la Associated Press, no obstante, demuestra lo duro que es llegar a destino, las penurias y la brutalidad con que se topan a veces los sueños europeos.

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La UE tiene estrictas leyes que rigen la inmigración legal. Pero como demuestra el caso de Hungría, a menudo es imposible hacerlas cumplir si otro país no quiere hacerle frente al problema de la inmigración ilegal.

Las personas deben pedir asilo en el primer país de la UE al que acceden. Grecia, sin embargo, está eximida de hacerlo porque la Corte Europea de Derechos Humanos determinó que su sistema de pedidos de asilo es un caos y no funciona. La anomalía griega implica que las personas que pasan por Hungría procedentes de Grecia deberían ser enviadas de vuelta a Hungría si son pilladas en otros estados de la UE.

Esto rara vez sucede. El año pasado llegaron casi 43.000 personas a Hungría desde los Balcanes y siguieron rumbo a otras naciones de la UE, y solo 152 fueron deportadas a Hungría.

En los dos últimos años, desde que se reforzó el control de las rutas hacia España y se multiplicaron las muertes en travesías marinas, los traficantes de personas se han enfocado en Hungría, que hoy recibe cantidades sin precedentes de personas que buscan llegar a Europa por vías irregulares: en los primeros tres meses del 2015 se contabilizaron más de 33.000 personas.

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Sandrine Koffi y su hija Kendra, de diez meses, figuraron en un grupo de africanos que en febrero partieron de Grecia a pie. Un ex soldado que los guiaba les cobró a la mayoría 500 dólares por personas para llevarlos a la frontera de Macedonia con Serbia.

Caminaron bajo la lluvia y la nieve, mayormente de noche para evitar ser detectados. Escasearon la comida y el agua. Luego de diez días la policía macedonia los pilló y deportó a la mayoría, mientras que el resto se dispersó.

En medio del caos, Koffi, el marfileño de 31 años, se separó de Kendra. La policía envió a la mujer a Grecia y otros africanos que escaparon se llevaron a su hija con ellos a Lojane, ciudad de Macedonia en la frontera con Serbia usada por los traficantes como escala.

Desesperado, Koffi hizo otros intentos de cruzar Macedonia a pie y en el tercero finalmente pudo burlar a la policía.

Cuando llegó a Lojane, Kendra ya no estaba allí: otros emigrantes se la habían llevado a Hungría, a través de Serbia.

Le tomó a Koffi otra semana cruzar Serbia y llegar a un campamento de refugiados en la localidad húngara de Debrecen, donde se reencontró con una Kendra que había perdido peso por una diarrea y que lloraba porque le estaban saliendo los dientes.

Koffi espera llegar a París, donde viven su esposo y una hermana. Pero las penurias que ha vivido la tienen muy golpeada.

“Luché para venir aquí por mi bebita. Quiero darle más oportunidades en la vida”, expresó. “De lo contrario, esto no hubiera valido la pena”.

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Lojane es un centro de operaciones de traficantes de Bangladesh, que tienen casas en los suburbios donde esconden a los emigrantes. Pero si estos llegan sin dinero, esas viviendas atestadas pueden convertirse en verdaderas cámaras de tortura.

Apetey estuvo detenido en una de esas viviendas por diez días, durante los cuales sus custodios lo golpearon. A un amigo la rompieron un brazo, mientras que “a otro le dieron palos en la cabeza y a un tercero le partieron los dientes”.

“Tenía que escaparme”, afirma, “de lo contrario, era hombre muerto”.

Le dijo a sus captores que quería llamar a su familia por teléfono desde Lojane. Cuando sus captores se dieron cuenta de que en realidad quería escaparse, lo confrontaron.

“Me les fui encima”, relata Apetey, “con la furia de un león”. Y salió corriendo, perseguido por los traficantes, que no resultaron ser tan rápidos como el marfileño.

Apetey logró escabullirse e ingresó caminando a Serbia, donde individuos que se hacían pasar por policías le exigieron dinero, navajas en mano. Se negó y los hombres lo dejaron ir.

Mientras caminaba por Serbia, Apetey escuchó un bocinazo detrás suyo. Se dio vuelta y vio que se trataba de una francesa que se alojaba en un hotel de las inmediaciones y que había quedado encandilada con su cabello rasta.

Minutos después, el hombre estaba subido al auto y la mujer le ofrecía llevarlo hasta Francia. Pero él no estaba para romances.

Pasó dos días con la mujer, quien terminó dejándolo en territorio húngaro.

“Nos despedimos con un beso”, contó Apetey. “Tuve que convencerla de que me dejase ir”.

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Pogatchnik informó desde Londres. En este despacho colaboraron los reporteros de AP Raphael Satter (desde Londres) y Pablo Gorondi (Budapest).